Ya sabes que soy más bien enamoradiza, romántica, pasional… y también poco constante… dispersa… y a veces hasta egocéntrica…
Pero contigo todo fue diferente. Pienso en todas las cosas buenas, en la fortuna de haber reconocido mi capacidad para sentir otra vez, para vivir… pienso en todo lo que crecí y aprendí contigo, en lo mucho que llegué a sentir por tí, en lo emocionante que fue tener un corazón desbordado, acelerado. Pienso también en tu naturalidad, en tu egocentrismo, tu ensimismamiento.
Y aun así me gustaba observarte y siempre me gusto tu compañía, disfrutar de esa sensualidad que emanas a mis ojos y aceptar que me gustas así como eres, con tus virtudes y tus defectos, con esa sombra en tu corazón que no te deja mostrarte como eres y esa pequeña luz que aún ilumina tu alma. A tu lado no me importaba el mañana, el presente era tan ardiente, no me importaba que me dejaras marcada, cada beso y mordida suave es un recuerdo del dolor y la pasión que disfrutamos y gozamos como si estuviésemos a punto de morir, de dejar este mundo donde nos conocimos por azares del destino.
Solamente cuando se ama de verdad es doloroso pensar en un futuro lejos de la fuente de tan inmenso placer, y es que yo, la mujer que ha visto muchas cosas, vivido de prisa y sentido en exceso, pedía al cielo que te dejara a mi lado, mucho, mucho tiempo, y aun en medio de la desesperanza, había días que no me importaba vivir en la sombra, en la soledad, todo valía porque lo sentía verdadero e inmenso, y no me importaban tus lazos, no me importaba tenerte que dejar en tu jaula después de ser tu amante y tu amada.
Estaba harta de rodar y rodar, de sentir y perderme en laberintos indecentes, de que el placer se quedara solamente en la carne, yo necesitaba una pasión tan tremenda como un gran accidente, de esos que no se olvidan, que dejan marcas, que arrancan lágrimas, así es aún mi amor por ti, desgarrante, apasionante.
Si, así es, y prentendo recordarte cuando este marchita, cuando mi cabello sea de color plata, y quiero que recuerdes como me apretabas, como mordías mi senos, como estremecías mi corazón, como tomabas mi piel suave que con tanto amor te regalaba, como me ponías en la posiciones más obscenas donde me volvía tan solo una hembra, donde estaba dominada, sometida, perdida; quiero que recuerdes como te hundías en mí, en este cuerpo entrenado para ser gozado, en este cuerpo que te aclamaba y se estremecía con solo verte u oír tu voz y en el cual me convertía en diosa sólo para tí.
Y aunque conocí bien las reglas de este amor, por unos instantes tú eras libre y mi libertad ya no era sinónimo de soledad, y esos momentos hermosos e inolvidables llenos de placer solo se comparaban con la sensación de verte llegar al orgasmo.
Y me gustaba verte así, desfogándote en mi, envenenando mi entraña, mi pecho o mi boca, retorciéndote del éxtasis que te podía ofrecer, sentía transformarme en una ninfómana entre tus brazos, me gustaba exprimirte hasta el cansancio. Tu sabes que yo soy la mujer que siempre estaba ahí pidiendo más, aquella que no tenia limite ni final, aquella que te amaba de manera tierna y de manera insana, aquella que podías dominar, me sentía como el ave fénix cuando te dejaba porque moría y cuando volvía a estar contigo renacía por sexo, por amor, por lujuria.
Y al final cuando la pasión desbordada acababa y cada uno salía a su vida cotidiana, me llevaba la sensación de tus manos explorándome, de tu sexo clavando mi sexo, la dulzura de tu boca y tu aroma de hombre atrapado entre mis piernas. Y no me importaba ser tu amante, ser impura, volverme tu puta, ni ser una sierva cuando bajabas tu bragueta, porque el amor que me hacias sentir me hacia escaparme de la realidad. Yo era la novia oscura, una ladrona, la otra, el lado oscuro de la luna, pero por extraño que parezca me volvía una luz inmensa al sentir tu tacto.
Sin embargo mi razón siempre fue mi ancla a la tierra y dialogando con mi corazón me hizo ver que tu eres un hombre fantasma que apareces y desapareces como una invocación, una sombra en el bosque de mis fantasías.
Y me gustaría que fueras real, que las palabras hermosas fueran cantos sinceros de amores puros e intensos, no placebos para la soledad de una mujer ordinaria en una ciudad ordinaria. Me gustaría decir alegremente que mis pasos no se pierden solitarios después de cada adiós, que ya tengo dueño y que la soledad sólo es un recuerdo.
Y juro que no importaba derramarme en deseos junto a tí, ni tampoco evocarte en la oscuridad de mi cuarto, con la boca en silencio y mi vientre ardiendo, no importaba tampoco el encuentro furtivo, ni nuestros pasos silenciosos en aquellos lugares donde dejábamos la esencia en las sábanas.
No ha pasado ni un día, ni una hora, ni un minuto sin que te tenga presente; cuando escucho alguna canción, cuando leo las páginas de un libro, cuando trabajo, cuando no concilio el sueño… cuando me vienen a la mente todos los recuerdos.
Pero esa misma realidad me mostró tu falta de amor, tu ausencia e indiferencia y finalmente el desinterés, y también me hace ver que no me desgarraré buscando amores imposibles, amores que no ofrecen nada, que no arriesgan ni sacrifican nada, que no tiraré mi tiempo intentando recuperar lo que nunca fue mío. Tú ahora solamente eres el compañero oscuro, aunque mi mente enferma te reclame y a mi lujuria intensa la hipnotices me alejaré de una vez por todas.
Tu cuerpo fue mi paraíso perdido, en el me encontré mujer, y en el vi morir tantas tardes y noches, allí escuché la lluvia caer y contemplé las estrellas otra vez.
Me va a costar olvidarte y mi corazón sangrará porque te ama, y mi cuerpo necio te reclamará porque te extraña, pero ya no te buscaré y te dejare ir como llegaste amore mío, así, suavemente.
Y cuando el tiempo pase, es muy probable que dejemos de ser importantes el uno para el otro y quizá seremos sólo el recuerdo de otro amor añadido a la lista de nombres de nuestros amantes, las tuyas y los míos, porque así es como terminan estas historias, que no están tan alejadas del amor aunque no sean el amor mismo.