Para una fémina de mi calaña, cuya crianza alcanzó a ser arañada por los anticuados esquemas de que “el sexo es malo” y solo se podría tener acceso a el mediante marido en mano y dentro de un matrimonio bendecido y auspiciado por todas las leyes celestiales y terrenales, no me ha quedado de otra que hacerme autodidacta, y entre una relación y otra irme moldeando los conceptos y pensares sobre este sexoso tema.
Mi recién desempacada postura hedonista ante la vida me hace no idealizar al sexo ni darle un carácter de sagrado/prohibido, como no solo se acostumbra sino que se ha vuelto maña insoslayable en países predominantemente puritanos religiosos como éste, mi amado terruño al que pertenezco.
Arriesgándome a ser tachada de hereje y pervertida, (lo cual me tiene sin cuidado) la verdad yo lo entiendo como una necesidad fisiológica y un instinto de supervivencia, y no como una vergonzosa y/o necesaria tarea de procreación.
Lo considero de lo más natural y mundano, ah y no dejo de ponerlo en un pedestal, cosa rara ya sé, sobre todo viniendo de una mujer; y no es que las relaciones sexuales me parezcan sólo dignas de aquellos que se aman (no,no,no, nada más lejano a eso) si no que creo, son parte fundamental de nuestra humana existencia individual y como pareja, haya o no, un compromiso de por medio.
Nuestra sabia mamita naturaleza asegura nuestra preservación a través del placer, por lo que me considero una acérrima promotora de dicho acto siempre y cuando se tenga en condiciones de consenso, higiene y responsabilidad.
Es por eso que mi relación con el sexo, ha sido y será diferente dependiendo la etapa en la que me encuentre y qué tanto me haya zarandeado la vida, por lo que solo me limito a explicar que me abstengo de ponerle categorías morales mientras no se dañe la integridad física y mental propia o ajena.
Así que desde mi punto de vista, cada quien es libre de coger cuanto le dé la gana, con quien se le dé la gana y con cuantos se le dé la gana, si es que se dan esas condiciones.
He dicho.
