Odio ver las noticias, no suelo hacerlo, y es que mi ánimo se desparrama y como me da taquicardia y congestión biliar al ver el recuento que hace López Dóriga cada noche después de mi novela mencionando y haciendo recuento de lo dramático, constante y reiterativo de la maldad humana en todas sus facetas.
Sin embargo, en días pasados hubo algo que llamó mi atención; que casi todas las noticias referentes al chisme nacional eran de encabezados rojos y amarillos, (por ponerlo de algún color). Muertes a sangre fría tanto de gobernantes como de civiles, gente balaceada por las calles y ahora la matanza de 72 cristianos que estaban de paso por estas tierras camino al norte en busca de un mejor futuro. Se me erizaron los cabellos.
¿Qué le pasa a mi país?, pregúntome yo, estamos a punto de celebrar que hace 200 años un cura tachado de loco se levantó en armas porque quería libertad, paz y justicia para la raza que le seguía y para el país en que vivía; y supongo que si él mismo estuviera ahora no le sorprendería el nivel de violencia que ahora se vive en su tierra.
El propósito: el mismo que hace 200 años, el hambre de poder y estar encima de los demás.
Y por otro lado los festejos referentes al aniversario de la independencia. Como que no encaja, y no quiero ser aguafiestas, pero el festejo del bicentenario no es tomar tequila, agitar la banderita tricolor, atragantarse de pozole y tostadas de pata y gritar “ajúuaaaa” al son de un mariachi.
El festejo del bicentenario tiene un sentido si es que nos sirve para ver donde está parado nuestro país hoy y hacer algo al respecto.
Tal parece que al mundo le duele la espalda, el nervio ciático, la cabeza…. y también le duele México.




