Los daños que…

Palitrochadas

Me decía un doñito que no se me notan tanto los años. (Benditos sus ojos que serán devorados por los gusanos).

Vaya, no se… lo que sí puedo asegurar es que yo aparento menos daños de los que tengo. Los años que.

Y es que son muchos… los daños…  y los años ya no son treinta y tantos, son treinta y muchos…

A esta edad sigo soltera y sin hijos porque el compromiso… you know… iaghh. Muchos de mis amigos están casados o por lo menos tienen un escuincle en su acervo. Creo que esto en muchos casos ha sido por su propia elección y en otros yo creo que no, ya saben: errores de cálculo, exigencias de matrimonio, enculamientos descuidados, pasiones adolescentes y un largo etcétera.

Todo a mi alrededor sigue tendencias y su curso “natural”, aunque según los modelos sociales establecidos llegas a una etapa de tu vida en la que tienes que actuar de acuerdo a tu edad.

Nel,  la madurez es más que eso, ser un adulto no tiene nada que ver con dejar de usar tenis, usar el pelo corto, aspirar a tener los bienes que te ofrece la televisión y un trabajo con horario de oficina. Creo que las cosas son más simples y no importa que se me critique porque cuando me ven preferirían verme vestida “más de acuerdo a mi edad”, con zapatos de tacón y vestido ñoño de doñita. Pero la culpa la tiene esta sociedad hastiante que te quiere a los 40 con tu primer nieto aunque no hayas terminado la primaria.

A mis 37 sigo teniendo sueños y los sigo persiguiendo, a mis 37 no sé cuándo formaré una familia, a mis 37 uso tenis rositas, a mis 37 tengo los mismos amigos que en la secundaria, a mis 37 uso playeras con jeans y a mis 37 soy una adulta que sigo tomando mis propias indecisiones y no las que me van indicando las circunstancias.

Pienso mudarme a Estados Unidos o Europa, porque me he enterado que por allá las mujeres a los 40 apenas son unas jovenzuelas y les depara una bella y prometedora vida por delante.

Yo soy una polluela.

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En estos días a todo le hago

Palitrochadas

Bueno, casi a todo…

En vista de la mermada oportunidad de obtener un empleo que se acomode a mis polendas y que me permita llevar la vida de lujo y derroche a la que estoy acostumbrada, he estado trabajando de lo que salga; ya sólo me falta entrarle a eso de la putería, lástima que mis bien arraigados esquemas morales me lo impidan, si no…

Cuando el teléfono de casa suena estos días, todo y nada se puede esperar. En estos tiempos posmodernos en que trae uno colgado el celular en las orejas todo el tiempo, generalmente las llamadas que llegan al aparato fijo provienen de un cobrador, un encuestador, un recolector de referencias ajenas, un prosélito de algún partido político en campaña o un promotor que tomó sin permiso nuestro número de los archivos del sótano de Slim.

Así las cosas. Entonces, mucho me sorprendió la amabilidad de cierta interlocutora proveniente de una empresa con la que no recuerdo haber tenido tratos, pero que al parecer me tenía bien ubicada como la única capaz de ayudarle a salir de un gordo problema que le quitaba el sueño.

Cuando desconocí el nombre de quien me llamaba para hacerme un requerimiento muy especial, de momento pensé si no sería de nuevo aquella distinguida dama que, hará más de un quinteto de años, me retribuyó generosamente por confeccionarle unos bolos para el cumpleaños de su chiquillo; o aquella otra que, por recomendación de una vecina, me solicitó elaborarle unas quinceañeras invitaciones para su amada ahijada; o la que se empecinó en que le hiciera un retrato de su bigotón y ya finado padre, aun a sabiendas que lo que yo hago no son retratos exactamente sino monitos para ilustrar cuentos.

“Soy fulanita de tal, ¿te acuerdas de mí?”, me dijo como si mi disco mental fuera de ocho gigas y pudiera yo recuperar el dato en dos segundos. “Fulanita de tal”, me repitió con la certeza de que rescataría su nombre entre mis empolvados ayeres, para reconocer que se trataba de la empleada con la que alguna vez tuve contacto, pero nunca memoricé su apelativo, encargada de atender un negocio de marcos al que acudía a enmarcar mis creaciones artísticas y diseñiles hace ya mucho rato, pero del que difícilmente guardo referencias.

Después de comunicarme el gozo que le provocaba haber dado conmigo, al llevar a cabo extenuantes pesquisas, procedió a confesarme que su destino laboral y personal estaba en mis manos y que ambos se irían al traste sin mi salvadora intervención. Mi estupor me llevó al punto de hacer desfilar por mi mente diseños de invitaciones, logos, photoshopazos milagrosos, pozoles, centros de mesa, servicios de guardería de última hora, raites por cobrar al aeropuerto, clases de inglés y todo cuanto habré hecho por encargo más de alguna vez, pero casi se convirtió en colapso cuando la atribulada muchacha me solicitó armarle un rompecabezas, a cambio de una sustancial remuneración.

No pude evitar la carcajada al caer a la cuenta de que no estaba siendo yo requerida por alguna de mis múltiples virtudes, sino por el más legendario de mis antiguos logros ante desconocidos  y en aquella época vicios, no tenía idea de que éste hubiera trascendido al punto de distinguirme como una armadora profesional, por un establecimiento en el que alguna vez llevé a enmarcar unos rompecabezas de más de 1000 piezas. Por alguna exótica razón que aún no discierno cabalmente, pero que me ha llevado por el mundo cargando cuadros que ya no atino ni dónde colgar, le agarré en mi época universitaria una afición compulsiva al armado de acertijos gráficos, como el que un cliente atolondrado le llevó a enmarcar, pero no discurrió pegarlo como lo dictan los cánones.

Así que, cuando un desatinado movimiento de la empleada hizo volar por los aires la tabla sobre la que reposaba la ordenada pedacera, el problema se le volvió mayúsculo, porque el propietario, tan inexperto como intolerante, le exigió el expedito armado de su obra, aunque el mérito personal de haberlo concluido por propia mano quedara en entredicho.

Y bueno, ahí  me tienen, que yo cobro por hora y soy muy profesional. Avispe tiempo, ojos y paciencia por una semana y bueno… al menos tengo ahora por un momento esa minifelicidad adultísima de tener quietecitas y amedrentadas mis deudas gracias a tan  peculiar ingreso, al menos por este mes.

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De bodas necesarias y mareos emocionales

Palitrochadas

Me estoy quedando sin cómplices de parranda.

Una de mis cómplices de parranda se casó el sábado. Maldita desertora.

Me estaba contando un día antes que su papá le insistía que se esperara un par de años para casarse, que cuál era la prisa. La razón de ella es que si no se casaba ahorita, ya no sería con él, y bueno, si duras 7 años con alguien llega un punto en que o das el siguiente paso o mejor ya te dejas ir. Mi teoría es que se casaron para no perderse.

En fin, dentro de la monserga existencial que traigo estos días me sirvió de distracción y me la pasé increíble. El único fracaso fue que ya en la madrugada estaba tomando aire fresco en la terraza del salón de eventos para bajarme los alcoholes ingeridos, casi amaneciendo y con el hermano de la ahora esposa, a quien llevan como 6 meses queriéndome endilgar (el viejo truco de “es que todo soltero y guapo él, y toda soltera y linda tú, ambos harían una linda pareja), ya estábamos en la parte en la que le hizo un cumplido a mis tilicas piernas (nunca nadie le ha hecho un cumplido a mis piernitas de pollo, cabe mencionar… será que los efectos de ir a correr diario están haciendo efectos?, ajúa)Pero neta. No estaba de ánimo y decidí ignorarlo hasta que se retiró.

Al otro día empezó con su drama de que se había ido porque otro amigo estaba increíblemente ebrio, y que yo no lo pelaba, a lo que yo aclaré que no me podía pedir que le hiciera caso si estaba medio ebria.

Al principio pensaba que yo no llamaba su atención de ninguna manera, pero después de ser animada por mi amiga, y de un par de salidas en bola en las que él me mostró interés, llegué a la conclusión de que le gusto pero me tiene una especie de extraño respeto que no entiendo y me pone de malas, ja.

He estado un poco ausente porque temo haber adquirido uno de esos vicios con nombre propio que tanto me cuesta dejar llegado el momento. Por primera vez siento que llegue tarde a la vida de una persona. No había tenido esa sensación nunca, y me siento como entre estúpida y nauseabunda.

La verdad sea dicha, nunca había conocido a alguien como él. En serio. Me siento tonta diciéndolo pero es cierto. Me dan mareos emocionales. Me tiene embobada a un nivel enfermo, y si a eso le añadimos que este sí está más allá de cualquier límite me provoca unas ganas esquizoides de aventarme al fondo del barranco, estoy parada en la orilla y saboreo los moretones por todo mi cuerpo, como si mi suicida emocional trajera un orgasmo atorado en la columna.

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De ahí los estereotipos

Palitrochadas

En algún momento, todos, sin excepción de ningún tipo, descubrimos la soledad. Sabemos perfecto de qué se trata aunque sea la primera vez que la conocemos. Nos familiarizamos con su sentir, su sabor y con la forma que tiene. Y una vez reconocido el sentimiento, descubrimos que siempre estaremos solos. Solos porque las peores cosas y las mejores de tu vida las enfrentaras solo. Solos porque hasta tu sombra te abandona en la oscuridad. Una vez que aceptemos eso, lo demás se hace menos cardiaco.

De esa misma soledad es de donde nacen todos los estereotipos. El atormentado, la que se siente loca, el incomprendido, la malquerida, el que siente que el mundo no lo merece, el bipolar, el borracho, el vagabundo, el hippie, los depresivos, etcétera. De ahí mismo nace también la risa cuando uno se atreve a mirarse desde afuera.

No digo esto desde un punto de vista emo ni fatalista (creo), lo digo desde un punto realista. Uno puede tener muchos amigos, una pareja y una familia, pero al final son pocos quienes realmente pondrían tu vida antes que la suya. Y entonces uno entiende y agradece lo bonito que es el egoísmo; de lo contrario, uno tampoco tendría tiempo para disfrutar la vida propia por culpa de querer demasiado a los demás.

Sin embargo, es lo que hacemos con este sentir lo que nos hace diferentes. Porque hay dos opciones: asimilarlo y seguir adelante, o negarlo y rodearnos de gente inservible todo el tiempo. Por desgracia, la segunda opción sigue siendo la más popular y nadie parece cambiar su decisión pronto.

Ojalá pronto la gente deje de temerle tanto a la soledad y aprenda a reírse y a disfrutar sin compañía. Y sobre todo, que aprenda a salir a flote sin necesidad de nadie más.

BenditoseaDios que todos tenemos dos vidas: la que compartimos y la que no le contamos a nadie.

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Escuincles

Palitrochadas

Odio a los chiquillos.

No es cierto, no a todos pues. Sólo a algunos.

Mi relación con los escuincles ha tenido sus altibajos. Cuando tenía unos 8, 10 años amaba con A de Amor a los infantes, pero así bien cañón. Tenía complejo de nana y me encantaba andar cuidando niños más pequeños y llevarlos a los columpios, a la resbaladilla, jugar a la comidita, y sus etcs., para beneplácito de las amigas desobligadas de mi madre que me los encargaban sin darme un centavo o algún incentivo. Suelo decir, medio en broma, medio en serio, que yo me acabé la paciencia (en general) antes de los 12.

Todavía me gustan, creo que son brillantes, sobre todo cuando no cometes el error de tratarlos como si tuvieran el cerebro de una esponja. Hablar con un niño, pero hablar en serio, sin payasadas, muchas veces resulta esclarecedor, divertido, y en el cien por ciento de los casos, sorprendente. Lo que me molesta son los niños maleducados que te encuentras en las plazas, en el super, en el cine, y que ni “con permiso” saben decir. Pero eso no es culpa de ellos, sino de sus flojos y condescendientes padres, incapaces de enseñar dos ápices de educación porque hoy hay futbol y no me puedo perder de ver a Ricky en La Voz. No toda la gente debería de tener hijos, es como todo en la vida, el simple hecho de poder no significa que de hecho debas de.

Antes de sacar a mi doña interna, me estaba acordando que cuando estudié la primaria, estaba de moda (no sé si aún siga) una práctica dictatorial, y supongo que a muchos grados poco didáctica (si no es que con cero utilidad), que se llamaba elegir al “Jefe de Grupo”, así como tribu de entes silvestres que necesita que uno de sus iguales le recuerde el status quo. Tenía mi mejor amiga que era también totally teacher’s pet, y siempre éramos la jefa y la subjefa de grupo, o viceversa.

Entre tus “responsabilidades” estaba fungir como carcelero cuando la maestra salía a la Dirección, o a una junta (que supongo es sinónimo de voyafumarmeuncigarroantesdecometerinfanticidio) y te ponían a apuntar a los que se portaban mal (o sea, en la cárcel por menos te meten un navajazo, afortunadamente en mis tiempos los niños iban a la escuela solo con borradores y tijeras de punta chatita) como la más vulgar de las delatoras. En mi salón había un Carlitos (siempre hay uno ¿no?) que era la encarnación del demonio puesto en crack. Obviamente siempre traía atrás de mi a Carlitos (jajaja me acuerdo perfecto que además de apuntarlo le iba poniendo rayitas) rogándome “Por favor bórrame”, “Es que no te puedo borrar” “Aaaay no seas mala ondaaa por favor ándale ándale bórramebórramebórramebórramebórramebórramebórramebórrame” “Bueno, si te sientas y te callas te quito una rayita” ¡Suplícame gusano! Ah, el poder, dictadora wannabe.

Su mejor amigo, Pedrito (que además de eso cubría el papel de patiño/guardaespaldas) era el encargado oficial de cuidar la puerta. “Ahí viene la maestra, ahí viene” Complejo de vigía, tenía el pinche Pedrito. Llegaba la Maestra y yo le pasaba la hojita con los delicuentes juveniles, que no recuerdo que les hacían, supongo que los dejaban sin recreo, o los ponían a hacer planas en cursiva, o alguna pendejada similar, después de todo, no le vas a ir a contar a las monjas cómo castigar cristianos.

Sí, yo era esa niña que odiabas, ¿y?

Supongo que por eso, ahora los Carlitos del mundo me cobran las rayitas que no les borré.

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Otra de taxistas

Cosas sexosas, Palitrochadas

Entiendo que mi fuerte personalidad y extasiante belleza enloquecen multitudes y arrasan corazones. De taxista.

Quienes me honran con su visita recurrente a este espacio personal lleno de letras sin sentido, seguramente recordarán aquel post en el que cuento el extraño episodio de taxidriver en el que me vi envuelta.

Debido a la serie de burlas y especulaciones suscitadas a raíz de aquel taxista inmundo y ruin, creo indispensable contaros otra desagradable historia para que de una vez por todas no formulen puercas hipótesis sobre mi persona y vuelva yo al nicho de pureza y castidad que me he ganado y en el que sé todos vosotros me han tenido siempre.

Salíamos ya tarde de la céntrica casa de un amigo que ofreció una tertulia por su cumpleaños y después me separé del grupo y dispúseme a continuar con mis correrías hasta que el sol saliera. Es así que caminaba yo, toda inocente por esas calles de Dios que aunque tarde estaban llenas de gente ociosa y vaga que no sabe que las noches se han hecho para dormir, cuando un coche suavizó su marcha junto a mí.

De reojo percibí era un taxi, así que asumí era uno de esos necios que piensan que aunque digas que no, muy en el fondo quieres taxi y te siguen un rato hasta que te animas. Así que volteé y con todo el acervo de mímica aprendida en la escuela francesa y jugando al pintamonos le dije: no, gracias. Pero igual siguió lentamente escoltándome y después de tres cuadras, se me hizo sospechoso. Vaya, perspicaz que soy yo y nada más.

Por la ventana alcancé a ver movimiento, más estaba tan oscuro que no distinguí la causa y en ese momento una patrulla pasó casi tan lenta como el tipo. Y como por arte de magia el taxi normalizó su marcha y se fue. Así que olvidé el asunto y seguí mi camino. Planeaba yo llegar a casa de una amiga que no vivía lejos de ahí con el rayo de sol a tiempo para desayunar y en eso estaba pensando cuando otro taxi se emparejó a mi lado. Ah caray. Nomás que no era otro, era el mismo y lo descubrí por unas calcomanías que supongo pertenecen a su paradero o algo así.

Y mientras comenzaba a conjeturar las razones por las que un taxi me estaría siguiendo, el tipo sacó su cochino miembro viril y le dio tremendos jalones mientras se levantaba del asiento para que esta vez sí lo viera. Y sí lo vi, no les digo. De inmediato recordé que ya me había topado antes con esos mequetrefes exhibicionistas pero ¿Qué había que hacerles? ¿Reírse o gritarles improperios y groserías? Ah no, eso es cuando se te aparece un fantasma, pensé. Aunque igual funciona porque según la teoría psicoanalítica lo único que quieren los pobres es darte un susto, ver qué cara pones y luego se irán.

Y planeando mi táctica de ataque me encontraba cuando abrió la ventana y en lugar de huir me invitó a pasar a la comodidad de la unidad “para darle gusto al cuerpo”.

¿Darle gusto al cuerpo?… ¿Darle gusto al cuerpo?!!  ¿DARLE GUSTO AL CUERPO?!!!

Mi paciencia se acabó. La cabeza me hirvió y estuve a punto de bajarlo del coche para darle gusto a mis puños propinándole unas buenas cachetadas. Pero entonces recordé que no era su culpa, si me encontrara en la calle conmigo misma, seguro también me acosaría. Cómo evitarlo. La culpa estaba en mí. Así que sólo grite un sonoro y firme NO y el tipo huyó en su taxi.

Hasta que apareció algunas cuadras adelante.

Así que me detuve con los primeros taqueros que encontré, hombres nobles y armados con grandes cuchillos capaces de partir hasta al perro más correoso. Y comiendo tacos me quedé hasta que el tipo se cansó, esperando que mis malos modos al comer y la cebolla que engullía con voracidad lo desilusionaran suficiente y lo hicieran desistir. Y luego de un rato estacionado a lo lejos se fue. Y algunos tacos después el sol salió e infraganti me volvió a agarrar.

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Yo no soy buena persona

Palitrochadas

Yo no soy buena persona, lo sé, pero…  ¿quién soy yo para juzgarme?

Me entero que le gusto a alguien desde hace 2 años, ¡dos años!  Medio me había dado cuenta pero me valía madres. Repaso bien todo antes de dejarme ir por mis arrebatos.

Trabajamos desde hace algún tiempo en algunos freekis. Es más chico que yo y ya no le vuelvo a entrar a esos actos. Lo más importante, el muchacho no me gusta, es más ni siquiera me cae bien, sus chistes son insípidos, vaya, que no me imagino con él ni caminando.

Algunas veces el estrés laboral actúa en mí como el alcohol, tanto que un día lo vi guapo, pero solo fue un atisbo y regresó mi lucidez. Él se pone enfrente de mí  y me ve y me ve, toma un respiro y me lo dice. Él quiere que seamos novios. Y yo no respondo nada, no se me ocurren las palabras menos hirientes, las que serían más sensatas a usar en estos casos.  A mí me da pereza explicarle porque no podemos serlo, aun así se lo digo.

Hasta hace no mucho mandaba mensajitos todos los días diciéndome que me ama… chales, yo no contestaba. Estaría bien que me visitara los días que no me peino, a ver si opina lo mismo.

Le conté a las amistades y la más aventurada me sugiere hacérmelo fuckfriend.
En algún tiempo si que hubiera hecho eso, yo no soy buena persona; pero yo ya no estoy para esos trotes, esas cosas vienen con karma en la etiqueta y yo no voy a romper corazones que se ponen de pechito.

Finalmente, después de unas semanas me escribe que ya entendió que no quiero nada con él.

Y sí, yo quiero dar un chingo de besos, abrazos y coger hasta que se me disloque la espalda, pero haré el esfuerzo porque sea a alguien que por lo menos se merezca mi admiración.

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Dichos populachos

Palitrochadas

No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy.
Y por eso hay que cogerse al que te gusta o la que te gusta antes de que se case. No vaya a ser la de malas.

Contigo, pan y cebolla.
Y clorets con clorofila.

Mal de muchos, consuelo de tontos.
Cuando te engañe con otra, puedes ir con su ex a comprar zapatos.

Genio y figura hasta la sepultura.
Primero muerta que ser vista en mallones blancos.

En boca cerrada no entran moscas.
Ni salen pendejadas.

Haz bien sin mirar a quien.
Sé amable con toda la gente. No sabes el día de mañana de quién vas a necesitar un favor.

Hombre prevenido vale por dos.
Más vale chaqueta en casa que veinte penosos segundos. O es mejor cargar condones que irte a tu casa con blue balls.

Mucho ruido y pocas nueces.
Cuando alardea taaaaaaaaanto de sus facultades, desconfía, yo sé lo que te digo.

A caballo regalado no se le mira el diente.
O lo que es lo mismo, en tiempo de guerra… (o como dice uno de mis mejores amigos: “Ni que fuera Dios para perdonar).

Matar dos pájaros de un tiro.
En realidad tirarte a tu novio y a tu amante al mismo tiempo no es un reto, es adecuada coordinación. Recuerda que la depilación brasileña no es eterna.

A palabras necias, oídos sordos.
Sí, sí, sí, te juro, te juro que voy a cambiar (Ay corazón, seriously?)

Más vale maña que fuerza.
Nada nada qué. Échenle ganas… no hay que ser huevones.

Ojos que no ven, corazón que no siente.
Frase favorita de la novia “oficial” de un amigo. Mi amigo tenía una novia diferente cada fin. No, en serio, era como su mantra.

Y como decía una de mis profesoras… A cada capillita le llega su fiestecita (antes de ensartarnos con un examen sorpresa, bitch).

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Maculada

Palitrochadas

A pesar de a veces no dormir, suelo comenzar el día con un baño, justo como todos ustedes mortales. Creo firmemente que el baño embellece a las personas y a las deidades olímpicas, quizá sea por el efecto de los vapores y el agua, o en mi caso, la sangre de vírgenes y leche de mil burras en que me sumerjo. Pero no son las mismas piltrafas las que entran que las que salen del baño. Aunque ahora que lo pienso, hay gente que luce horrible recién bañada, como pollo remojado y descolorido. Y oliendo raro, no a limpio sino a cocido, como si estuvieran haciendo caldo del susodicho mal bañado.

Pero el chiste es que esta mañana salí del baño y procedí a revisar en el espejo si mi aspecto seguía tan lozano y rozagante como antaño y efectivamente, así era. Mas cuando me disponía a examinar mi griego perfil, descubrí algo extraño. En la comisura de mis labios había una mancha roja que subía trepadora hasta una distancia considerable. Recordé a aquella compañera del kinder cuyo almuerzo consistía en un sándwich de chorizo y un Frutsi de uva y que vivía con unos permanentes bigotes color Frutsi de uva. La envidiaba en silencio porque yo quería de su bebida morada, pero sólo me dejaban tomar Frutsi de manzana y eso, si había un paseo o excursión, porque el Frutsi de uva según mi progenitora era pura pintura.

Y ahí estaba yo, con una mancha como la de aquella niña de bigotes púrpuras que debe haber muerto de gastritis a los 6 años, nada más que de un sólo lado, como cuando a las chicas se les pasan las copas y se embarran el lápiz labial rojo tentación hasta las orejas, igualita me veía. Un escalofrío recorrió mi espalda y por un momento temí no sólo ser sonámbula sino prostituta barata. Así que traté de quitar el maquillaje y la deshonra, pero ni uno ni otro se iban. Y entonces temí no sólo ser prostituta y sonámbula, sino usar maquillaje de aceite, que además de indeleble es malísimo para el cutis.

Después de un rato de frotar entendí que no era pintura y tenía que ser algún piquete o lesión, pero no me dolía, picaba ni daba comezón. Y cuando consulté a los cortesanos a mi alrededor me dijeron cosas necias como ¿No se habrá usted quemado? o la aún peor ¿No te mordió alguien? O la difamatoria ¿no será una mancha fruto de alguna enfermedad de amores prohibidos?… pff…

Generalmente me doy cuenta cuando me muerden o me queman, procuro hacerlo y también soy cautelosa con mis amores prohibidos. Aunque después de pensarlo un poco, la opción de la quemada no parecía tan descabellada y es que dejen les cuento: Sucede que guardo en el congelador los remanentes de las aguas frescas, dejo que lleguen al estado sólido hasta hacerse un delicioso hielito y luego lo abro enterrando un cuchillo, como quien llega a conquistar un Polo Norte.

Y con ese mismo cuchillo me lo como a pedazos. Porque las hembras bragadas tomamos nuestro hielito con cuchillo y además lo masticamos. Pero hace apenas unos días que el cuchillo se congeló, se me pegó en el labio y me quitó un pedazo de hocico que me dejó
sangrante y vacilante frente al amenazante hielito. Mas eso ocurre sólo en los labios, no afuera de la boca ya casi en el cachete. ¿A quién, o peor aún, qué habría yo besado para merecer esto?

Afortunadamente apenas salí a la calle, el plomo y heces fecales en el aire hicieron su magia y la mancha desapareció tan de súbito como llegó, devolviendo la belleza que me caracteriza, aunque dejando para siempre la pregunta sobre su origen.

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Olvidar para volverlo a hacer

Palitrochadas

Dicen que el dolor de traer chiquillos al mundo es muy fuerte si se hace por la vía natural. Todos hemos visto, por lo menos en las películas como, cuando una mujer está dando a luz grita incontroladamente, suda, llora, puja, respira. Todos hemos visto o por lo menos escuchado, que parir duele y duele mucho. Sin embargo hay mujeres que se avientan a  tener más de un hijo. Pero, si el dolor están fuerte ¿porque vivirlo dos veces o más?

La teoría más conocida es que la mamá olvida ese dolor pues así está programada por naturaleza. Si no fuera capaz de olvidarlo, no sería capaz de volver a tener hijos.

Me pregunto entonces si esta teoría aplica cuando del amor se trata. Todos nos hemos enamorado, por lo menos una vez (o eso espero, porque si no, no saben de lo que se han perdido). Y todos nos hemos desenamorado, por lo menos otra. El amor trabaja a la inversa que el parto. Enamorarse no duele nada. Se siente, como supongo que se siente, cuando ves a tu hijo por primera vez. Todo se borra. Todo es felicidad.

Entonces el desamor se puede comparar con la labor de parto. Duele y duele un chingo. Gritas, sudas, lloras, pujas, respiras. Juras nunca volver a pasar por eso. Y digo que el amor trabaja a la inversa porque en el parto después del dolor viene la felicidad; pero en el amor, después de la felicidad parece que solo viene el dolor.
Si nos hemos enamorado más de una vez eso quiere decir que tal vez -sólo tal vez-  nuestra naturaleza también está hecha para olvidar el dolor y luego repetir la experiencia del amor. Sino, nadie lo viviría dos veces. Sino, nadie tendría a mas parejas. Así que es aquí donde se puede dividir el miedo (porque al final el dolor causa miedo). El miedo que todos piensan que le tienen al amor no es miedo al amar sino al desamor. ¿Por qué habríamos de tenerle miedo a una sensación que provoca felicidad? No le tienes miedo a las alturas sino a caerte desde arriba. Entre más alto más duro el guayabazo.

No. El amor no duele. Duele el momento en el que dejas de amar, en el que te dejan de amar. El dolor de parir la idea de que no estarás mas con esa persona. O que esa persona ya no te hace sentir lo que te hacía sentir antes. Gritas, lloras, pujas, respiras.

El pavor de la desintoxicación (es más fácil ser adicto que desintoxicarse). El pavor de sufrir, como todos sabemos cuándo se muere algo, alguien, todo.
Entonces ¿será misericordiosa la naturaleza y nos dará el don de olvidar el dolor para un día volvernos a enamorar? ¿Nos ayudará para que un día se nos quite el miedo de caer? Como siempre, creo que  la naturaleza hace su parte pero nosotros también tenemos que poner de la nuestra y tal vez fingir olvido para vivir amor.

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