Como parte de la iniciativa “Escribe tu historia” engendrada por El Mosquitero, el post del día de hoy esta dedicado a hacerles conocer la historia con la que estoy participando en dicha iniciativa, cuyo requerimiento es escribir eso, una historia anexando las palabras una ventana y una calle desierta.
Bien por El Mosquitero y felicidades por la iniciativa, ¡suerte a todos los participantes!, les dejo mi relato. Lean y juzguen.
Salvando la dignidad
Faltaba poco para las 12:00 y los caballitos de tequila que nos habíamos empinado habían hecho de la suyas, nuestro lenguaje se había vuelto más florido y mucho trabajo nos costaba distinguir las siluetas que iban y venían en aquel lugar. Mi amiga Ana celebraba con raquítico entusiasmo las estupideces que su acompañante le susurraba al oído, yo, en cambio con la mirada perdida hacia la puerta del cervecero establecimiento, a esas alturas ya ni escuchaba a mi embriagado acompañante que ya me tenía bien agazapada rodeando mi mareada persona con sus hercúleos brazos.
A esas horas, ambas sabíamos que la doble cita a ciegas se había al caño, debimos de haber supuesto que aquel par de barbajanes no nos convenían ni para salir a tomar el aire, como bien decía mi abuelita, sólo hace falta un vistazo para verle la zanca al pollo, y adivinar que sus intenciones no eran llevarnos sólo a tomar un helado precisamente.
Supe que había que tocar la marcha de retirada cuando Ana soltó un ligero gritillo producto de algún agarrón malintencionado hacia su persona, de inmediato se puso de pie y me dijo que la acompañara a los sanitarios.
Y como seremos tomadoras, rebeldes e impertinentes pero nunca inconcientes, empeñadas en salir de ahí a como diera lugar, no tuvimos mas remedio que echar mano de alguna idea a la James Bond para salvar algo más que la dignidad, de inmediato resolvimos huir con pies en polvoroza por una ventana que daba a la parte de atrás del establecimiento.
Una vez afuera, con sendas miradas de complicidad Ana y yo reímos como cuando éramos niñas, preguntándonos cómo nos habíamos permitido una a la otra llegar hasta este punto. En fín, ya nada importaba.
Salimos de ahí con las faldas rotas pero con la dignidad intacta, ¡no faltaba más! Y gracias al creador como único y silencioso testigo sólo la calle desierta iluminada por la luna.
