Conocí a Dios formalmente por allá alrededor de los 6 años, cuando mi madre preocupada temiendo que yo llegara a ser una oveja descarriada algún día, quiso prevenirse mandándome al catecismo con la señorita Mariana; fue aquella hermosa mujer con rostro dulce y angelical quien me lo presentó.
Desde siempre se usaba que la familia Román como los Telerín en filita teníamos que levantarnos los domingos por la mañana para ir a la misa de las 8:00, y como desde que tengo memoria, mi alma en ese día de la semana no se pega a mi hermoso cuerpecito hasta por ahí de las 3 de la tarde, pues por supuesto que los sermones del padrecito en cuestión pasaban por encima de mi cabeza como las notas del coro por mis orejas, cuyo cántico de Aleluya apenas se escuchaban en lontananza. Así pasaron los años hasta que me liberé de tan sacrosanto quehacer dominical y ahora ya mis actividades religiosas se han reducido a media misa de alguna boda, una esporádica ceremonia de bautizo o 15 años y una que otra exclamación de !Ay Dios mío!!, empleada para expresar un susto, una gran alegría, una gran sorpresa o bien aunque me digan sacrílega también durante un exquisito orgasmo.
Pero aun así, a Diosito no lo he dejado de lado, y no hablo del que está en los templos, sino ese que anda por ahí, el que ha sido bien compa conmigo y me ha hecho muchos paros en mi vida cada vez que lo invoco por mera necesidad de urgencia.
Justamente estos días que ando dándome de topes existenciales lo invite a tomar unas chelas y desahogarme con él, aunque remilgoso, aceptó, porque dice que soy bien convenenciera, que nada mas le hablo cuando lo necesito y que cuando me la paso bomba ni me acuerdo que ahí está. Pero eso si, como se sabe mi vida entera, sabe que me brincado dos que tres de sus mandamientos como el de no cometer actos impuros, desear al hombre de mi prójima, decir mentiras y otros más, muchos más que sólo él sabe, así que no creí ser de sus preferencias en este momento, sin embargo, sin decir nada me abrazo y reconfortó, dice que ando haciendo pendejadas, pero que no le preocupa, que si quiero aprender de la vida así, a madrazos, allá yo. Realmente me hace bien hablar con él, en realidad lo que le agradezco es por toda la libertad para hacer bien o mal mi vida.
Ahí de mi, ¿qué haría sin él?, algunas veces tengo la certeza que es él quien me pone los buenos pensamientos en la mente cuando se necesitan para no cometer estupideces, y el resto de las veces cuando no lo hace, supongo que se divierte a mis expensas viéndome darme de topes. Bien haiga mi fe ciega… no digan nada, y es que si no crees en alguien, por lo menos hay que creer en algo ¿o no?
