A quien le tenga bien calculada la medida a mis largas piernas, y pueda recorrerlas de la punta de mi dedo chiquito del pie derecho hasta la cadera sin que se le reseque la lengua a falta de saliva, a quien con un beso robado me baje un par de estrellas del cielo, a quien me lleve a cenar a la luz de las velas en el edificio más alto con la luna como única linterna, a quien sepa la circunferencia exacta que alcanzan mis rodillas abiertas, a quien con sus manos sobre las mías durante un orgasmo y con su palma extendida tape la mitad de mis complejos y aleje la mitad de mis culpas, a quien le conste que abrazado a mi cintura cosas increíbles le pueden pasar, a quien me sepa adivinar las miradas, a quien no me rompa las promesas, ni una sola; a quien me necesite cuando se sienta vulnerable, a quien entienda que las explicaciones la mayoría de las veces salen sobrando, a quien me de terapia con solo desvestirme despacio, a quien no interrumpa mi silencio, a quien memorice cada uno de mis gestos lujuriosos, a quien me estreche sin ahogarme, a quien me ayude a tirar mi ego por la ventana, a quien haga todos mis días, días de sol, a quien encaje a la perfección entre la anatomía de mis senos para observar desde ahí mi rostro con vehemencia, a quien no quiera cambiarme las costumbres, a quien separe mi pensamiento de mi cuerpo, a quien se vanaglorie con mi ombligo, a quien tenga hambre de mi, todo el tiempo.
Ese día, verdad de la buena que abandono esa gloriosa y querida patria mía que soy yo.

marzo 17th, 2010 at 2:36 pm
Cada vez escribes mejor, hija -una forma cariñosa de hablar en Canarias-. Me encantó el relato y, además, coincido en eso de: que se sientan vulnerable y que odio las excusas. Besotes. ^_^