Me fui a ver cantar a Sarah Brightman el fin de semana. Después de una torrencial lluvia de esas que ya es usual que inunden nuestra ciudad desprovista de buenas cañerías y tras dos horas de pisar el clutch de mi coche carente de frenos por lo mojado del piso, llegamos al gran recinto de espectáculos populachero perteneciente a tan monopólica compañía de teléfonos mexicana, en donde se da cita a renombrables y pomposos famosos que se dignan venir a dar su show a estas tierras tapatías olvidadas de las promesas de campaña de Calderón.
Y tras 20 minutos de chiflidos y resoplidos provocados por aquellos nacos incautos que no faltan en eventos de ésta índole, salió Sarah con un ostentoso y para muchas, envidiable vestido rojo a cantar la primera canción. ¡Qué viejonon!!… y vaya que yo para decir eso de otra fémina, he de cavilar un largo rato.
Su presencia y belleza para nada empacharon los ojos de los caballeros presentes, pero fue esa, su voz, que acorde con sus sensuales movimientos de baile conquistaron a las mujeres quienes no dudamos en también hacer ovaciones casi prácticamente después de cada interpretación.
Y de ahí fuimos, ya que a partir de ese momento cualquier resentimiento por la tardanza quedo perdido en las notas de su voz. Tras varios cambios de vestuario ocasionales y acompañada de sus músicos y uno que otro miembro de la Filarmónica de Jalisco, Sarah cumplió y por mucho, las expectativas de cualquier fan de los que estábamos ahí presentes.
Y aunque yo prefiero sus ya clásicas interpretaciones de ópera, su nuevo repertorio es sin duda otra prueba más de lo genial que es.
Si, si… ¡yo quiero ver a Sarah otra vez!
