Hay días de esos en que no se cabe en ninguna parte, que el mundo de tan grande te queda pequeño y te asfixia, que el oxígeno no es suficiente, que aseguras que Dios no existe, que juras y perjuras que el Universo te observa como quien ve una mosca pasar.
Y nada pasa, y caes en la desesperación… si ya sé, la soledad puede ser bien chucha, juega con tus sentidos, con tus percepciones y de repente dices “pero a la primera persona que venga y me ofrezca margaritas aunque a mí me gusten las rosas, ¡¡pues chale! con esa!”
Y un buen día aparece esa persona con sus margaritas y a la hora de la hora, ¡ah caray! no, mejor no, margaritas no.
No, si no es fácil… Y qué hacer si esa persona además de margaritas te ofrece tulipanes y ¡no sólo eso!, que ni siquiera los trae cortados, sino que hay que ir a cortarlos juntos, ¿pero que se cree?, si a mi me gustan las rosas….¡y ya cortadas!
Somos complicados los seres humanos ¡no cabe duda!
A quienes entendieron la metáfora ¡bien! y si no ahí dispensen, que miren que tenía algo que sacar y para eso esta mi blog.
Y me voy a averiguar concienzudamente ¿porqué diablos aborrezco las margaritas?, ¿y quien sabe?… a lo mejor me terminan gustando.
¡Ah! y una cosa son las flores, cuidado con los que ofrecen alfalfa o cualquier hierbecilla de campo, ¡tampoco, tampoco! ni que estuviera una tan necesitada.
Por cierto, el título de este post me lo robé de manera descarada del blog de Ana, cuyo último post me sirvió de inspiración para sacar éste.
