La ventisca vespertina de estos días, esa llena de calor y que augura que lloverá bastante en verano, arrastraba las hojas y uno que otro olor, como el del pan recién hecho de la panadería de la otra calle, entremezclado con el olor a gasolina que siempre anda tirando la vieja carcacha del vecino.
Esa ventisca también arrastró a mi mejor amiga de la infancia, que después de casi 10 años de no vernos apareció en el umbral de mi casa.
De la mano traía una escuincla, que haciendo cuentas para mis adentros, intuí que se trataba nada más y nada menos que del producto de aquel abultado vientre que orgullosa portaba el última día que la vi, consecuencia de aquel embarazo de golpe y porrazo que terminó en boda y motivo por el cuál el vestido de mi amiga fue color beige y no el clásico blanco.
Después de los abrazos y besos nos pusimos al corriente en cuanto a chismes, noticias y masticadas de temas que abarcaban desde el recuento de los años escolares, los buenos y malos recuerdos, hasta los sinsabores de un divorcio que estaba por comenzar y mi aún vigente carencia de ganas de matrimoniarme y procrear chiquillos.
Es extraña la relación que ahora queda de aquella que fue la más larga y mejor relación que he tenido en mi vida, fueron solo 10 minutos y ya éramos otra vez aquellas dos chiquillas que compartían hasta el chicle.
¡Vaya con las cosas que me trae el viento por estos días!
