Tuve la poca gracia de ser acogida por una novia para ser parte del séquito de chicas cuyo término de “damas” a más de alguna no le queda ni colgándoselo del cuello y lo de “de honor” pues ya ni digamos, en fin, que seré parte del selecto grupo que acompañarán a la susodicha camino al altar el día de su boda.
La idea en realidad no me mata de felicidad precisamente, pues esos enjutes desde que era niña me han parecido de lo más ñoño, y eso aunado a que nunca he sabido tomar decisiones bajo presión, así que no pudiendo soportar el “ándale di que si ¿si?” continuo de la interfecta, pues apechugué y en menos de lo que canta un gallo andaba yo haciendo propuestas de vestuario para media audiencia del fastuoso bodorrio.
Los modelitos existentes para el vestuario propio de la ocasión eran preciosos, pero había que escoger “uno” entre los tantos vestidos que por ningún motivo fuera a opacar a la novia. Porque Nota: nadie nunca se debe ver mejor que la novia.
Dicho precepto no está escrito en ninguna parte, sin embargo toda aquella ingenua que se atreva a contradecir de palabra y de hecho tan acérrima sugerencia será señalada y al mismo tiempo víctima del desprecio. Escalofriante ¿no?
En fin, una de las cosas más terribles que se pueden hacer en este mundo es poner a un grupo de mujeres a escoger un vestido en común, el problema es que si nos vemos gordas, que si nos vemos flacas, que ese color a mi tono de piel no le va, que si el escote, que los zapatos, bla, bla, bla… la odisea de Homero se queda corta.
Tres reuniones, tres, para escoger ¡sólo el color! y eso porque la novia echó mano de su autoridad para poder lograr el acuerdo. Todo un día para escoger el modelito, con el cual por supuesto, al final no quedamos conformes, porque más de una tendremos que vernos obligadas a tragar no más que zanahorias y hojas verdes por los próximos 15 días, a riesgo claro, de ser confundidas con embutidos una vez enfundadas en tan estrechas enaguas.
En fin, que eso de ser “dama de honor” no es muy conveniente, y además me acabo de enterar que ni siquiera es garantía de que te toque el ramo.



Mañana es 14 de febrero, un buen pretexto para sacar a pasear a tu “significant other” o si andas solapa, pues a apechugar y aguantar la parafernalia mercadológica alrededor de tan valentinesco día.


