¿Porqué serán los artistas tan sensibles?

Arte, Palitrochadas Agregar comentario

Si hay algo que llama mucho mi atención, es la actitud que ciertos “artistas” plásticos toman respecto a las críticas recibidas sobre su trabajo.
Bien lo decía mi anciano profesor de crítica de arte en la escuela, era una eminencia con bordón el viejito, pero también tenía una lengua digna de cualquier achichincle de Paty Chapoy y recitaba: Si expones, te exhibes y si te exhibes, te critican, y si te critican, apechuga. Así funciona. Y agradece al creador que despertaras alguna clase de sentimiento encontrado en el espectador sin importar de qué índole sea.

Y es que el día de ayer, nos pasamos un puñado de amigos y yo por una exposición de una galería local, en la cual exhibían algunas obras de cierto individuo de renombre de la comarca.
Entre cócteles y bocadillos rellenos de aceitunas pasadas concurrió la velada,  en lo personal, más de alguna obra me hizo fruncir el seño, pero para sorpresa mía, observé que al parecer, no era yo la única que pensaba que ciertas piezas de la instalación rayaban en lo grotesco, cosa válida si eso era lo que quería proyectar el artista, de lo contrario podría pensarse que más de alguna pieza de aquellas parecía sacada del basurero de la ciudad.

Lo comenté con uno de mis amigos y echando mano de los conocimientos académicos adquiridos en horas nalga pegados a una butaca y narices metidas en enciclopedias de arte, hicimos grandes esfuerzos por no parecer carentes de raciocinio o de plano unos incultos ante semejantes expresiones artísticas.

Y llego la hora del discurso por parte del susodicho, cuya primera parte sólo dedicose a embodegarse una pastosa sarta de autoelogios a su innegable destreza técnica, su férrea imbatibilidad, su preclara inteligencia y su agudeza artística.

El vaticinio se hizo efectivo para que los presentes nos adjudicáramos tomar la palabra para taladrarlo a preguntas acerca de sus creaciones y expresar una que otra opinión al respecto. Y de pronto, un incauto salido de quien sabe donde, soltó sin más prudencia ni recato la siguiente frase:
“Pues a mí no me gustaron sus estatuas,”, “¿y de que dice que son?, ¿de bronce?.”

La expresión inerte de los presentes era comparada en admiración sólo con  la ceja tan levantada en calidad de ofendida cuyo dueño, el expositor,  mantuvo en suspenso por un momento que pareció eterno, el cual fue interrumpido y subsanado por el orador principal  al emitir: ¿alguien quiere preguntar algo más?.

Y el ruido de copas y murmullos hizo regresar a la normalidad el ambiente en aquel recinto, sin embargo, se alcanzaban a escuchar algunas risas y murmullos que sin duda comentaban a lengua pelada lo sucedido.
Al artista ya ni se le vio por ahí, supongo que no aguantó y se sintió ofendido.
En las exposiciones no todo es miel sobre hojuelas, nunca falta alguien así, que diga exactamente lo que piensa, si expones te expones. ¡A que artistas tan sensibles estos!

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