Doña Natalia

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Era Natalia una chica linda, tenía el ombligo perfecto, una espalda suave y llena de pecas, caderas redondas y firmes como los jarros en los que tomaba atole de avena cuando era niña.
De esas mujeres hermosas que no necesitan nada para serlo más que levantarse por la mañana y acostarse por la noche.

Su novio no supo las locuras y pasiones que despertó en ella la tarde, cuando por primera vez, compartieron algo más que los pensamientos.

En aquellos tiempos, las niñas de familia no sólo no se acostaban con sus novios, sino que los novios ni siquiera sugerían tan pecaminosa posibilidad. Así es que fue Natalia la que, cansada de tanto sobarse a escondidas, un buen día desabrocho su blusa y metió las manos bajo aquel pantalón en busca de aquello que los hombres le prestan a una cuando les apetece y luego se llevan indiferentes.
Hicieron el amor en la banquita donde echaban lío siempre, en el patio trasero, protegidos por la espesa higuera que los tapaba de las miradas indiscretas del resto de los habitantes de la casa.
Así, después de dos años de compartir los sudores a escondidas, el novio al que se había regalado quiso casarse con ella.
Natalia se negó.
-¿Creía que sabías?
-¿Saber qué?- preguntó el sujeto.
-Que no es mi deseo casarme,- dijo -ni contigo ni con nadie-.
No entiendo- ¿qué?, ¿quieres ser una puta toda tu vida?
Natalia, al oír aquello, ni tiempo tuvo de ofenderse, sin embargo, se arrepintió en una fracción de segundo de todas la horas, días, tardes y noches que había pasado junto a ese, ahora desconocido.

-Vete- le dijo, -y cuidado con lo que dices porque te cobro, y ni en una vida entera podrías pagarme-.

El tipo se fue. Poco después se caso con alguien más y crío 3 hijos, pero la vida no le alcanzó para echar al olvido el recuerdo de Natalia.
En Natalia, después de todo, nunca cayeron sobre ella las penas de no haberse casado. Disfrutaba de la vida, le engordaron las piernas, las cuales tenía siempre subidas en unos tacones altísimos, pero su cuerpo seguía siendo celestial.
-¿Cómo le haces? Le preguntó una tarde de canasta una de sus amigas.
-¿Cómo le hago para que?-pregunto Natalia apacible.
- Para no aburrirte de estar sola. A veces creo que tienes un amante secreto.-
Natalia rió con su risa clara y desafiante.
-Tengo uno cada noche- contestó.

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