03/23
Cierto pasado día, distraída, venía bajando las escaleras a la salida de una céntrica tienda de la ciudad. En la banqueta había una doñita que vendía papas en bolsita y dulces. Paré sólo a comprar unos cuantos que me hicieran olvidar la amargura de tu engaño. La buena señora de los dulces adivinó lo que quería antes que yo lo dijera. Sólo atiné a decir gracias, volteé apresurada y di un grande y casi fatídico salto a la calle.
Imparable sobre mí, venía un automóvil. Era ya inevitable, la calle es tan angosta y el espacio en la banqueta tan poco, que prácticamente había saltado a su encuentro. En la fracción de segundo que pasó mientras lo veía venir, recordé que muchas veces había pensado que hacer en caso de atropellamiento. Era un Tsuru. Calculé que si acaso, me rompería las piernas y me pregunté cómo después le haría para llegar a mi casa.
Pensé también que siempre había querido escribir un libro, aprender a tocar el clavicordio y me pregunté si te había dicho te amo la última vez que te vi. Ni una cosa ni la otra. Recordé entonces que soy inmortal y que además un Tsuru difícilmente podría matar un ser como yo, pero de todas maneras este venía sobre mí y había poco que hacer. Así que sin espacio para correr e imposibilitada para volar frente a los ojos de todos, me preparé para recibir el golpe.
Pero igualito que en las películas, el coche alcanzó a frenar apenas rozó mis estiladas piernas. Eso sí, hubo gritos y aspavientos alrededor, además del rechinido de las llantas en el pavimento. El reflejo del sol en el parabrisas me impidió ver quién manejaba, pero ni de su parte ni de la mía hubo reclamos, ni fíjate pendeja, ni saludos adelantados a las madrecitas. Yo me sentía culpable, supongo que el del Tsuru también y ambos seguimos nuestro camino.
Poco después llegue a mi destino, medio aturdida. Entendí que aunque sea inmortal, no es bueno andar espantando conductores (y viceversa).


