06/16
Los padres nunca son perfectos, sólo son nuestros padres. Hacen lo que creen conveniente y nos protegen. Son reflejo de tiempos pasados, producto de circunstancias que a nosotros nos pueden a veces resultar un misterio. Hacen lo que pueden, hacen lo que deben. Y somos parte de ellos, queramos o no.
A mí me pasa que a veces no sé qué decir, a mí me pasa que a veces no entiendo a mi padre… es un tipo íntegro, un tipo recto, el hombre más honesto que he conocido, que no concibe la vida sin trabajar dignamente para ganarse la vida, para él no hay otra manera… un hombre que con frecuencia exigía demasiado. Pero eso no cambia nada, porque a pesar de no llenar sus expectativas por completo siempre lo he amado igual, por encima de todo.
Sentados a la mesa lo observo y recuerdo cuando llegaba de trabajar cansado y nos ayudaba a hacer la tarea a mis hermanas y a mí, cuando nos contaba cuentos de miedo en las noches que se nos iba la luz, recuerdo los días que me enseñó a pintar y resanar una pared y a arreglar cosas, a mezclar e igualar un color y hacerlo el color perfecto para mi recámara. “Para cuando tengas tu casa y la arregles sin necesitar de nadie”decía. Recuerdo cuando toleraba mis arranques adolescentes y gastaba a lo tonto el dinero que me daba de domingo. “¿ah poco sí te acuerdas?”dice.
Es un hombre que de tan bueno siempre ha querido ahorrarme tristezas. Me enseñó a compartir con quienes amo; me enseñó el valor del tiempo, el valor de la honestidad, de la lealtad, la importancia de ser fuerte ante tus decisiones, la importancia de “estar ahí”, por encima de las dificultades, por encima del dolor… “estar ahí”. Hasta ahora no recuerdo haberme sentido verdaderamente sola alguna vez. No en su compañía.
Por él me gusta la música ranchera; por él desarrollé el gusto por el trabajo, a ser perfeccionista, a ser independiente, por él escucho a los demás, observo y aprendo… él me enseñó a no perder ningún detalle de la vida, a estar “despierta”. Y aunque no hable él sabe cuando estoy mal, cuando algo me preocupa, cuando alguien me ha roto el corazón. Él sabe mucho de mí… porque mucho de mí son fragmentos de él.
Y hoy que a veces ya no nos entendemos quizás lo entiendo más de lo que él cree. Porque no es fácil reconocer los errores propios, porque no es sencillo tomar decisiones sin temerle al fracaso… porque a veces ser necio cuesta tropiezos. Y hoy reconozco sus méritos, porque creció sin todo aquello que me ha dado a mí, porque no hubo un padre que le enseñara cómo amar a un hijo.
Y a pesar de que deba tomar mi propio camino, a pesar de que la “ley de vida” sea enfrentarlo… sabrá siempre, aunque no siempre se lo diga, que llevo conmigo cada una de sus lecciones y que quiero que esté orgulloso de mí tanto como yo de él.




