Los días de diciembre

Palitrochadas

Los días de diciembre son días de fiesta, la vida sigue pero iluminada de luces de colores, hasta pareciera que de verdad los seres humanos quisiéramos ser mejores por una vez.

Diciembre es época de promesas más que de realizaciones, también se pone muy de moda junto con las bufandas ridículas y los suéteres de lana que parecen hechos de abejas (porque pican igual), eso de hacerse el amargado para llamar la atención y que todos digan:

Ay, es que eres un Grinch.

Patrañas. Lo único que en realidad quieren es que alguien los toque aunque sea por encimita de su horrible suéter de abejas, pero como nadie pensaba invitarlos a una posada siquiera, se curan en salud y dicen: – al fin que ni quería ir.

Suplícoles paren con su amargosa jugarreta y si de verdad les incomoda tanto la navidad, se lo callen o lo escriban en una bonita novela o para uno de esos capítulos de la rosa de Guadalupe, que de todos modos a nadie le importa.

Yo no finjo amarguras, me gusta la navidad y  eso de poner un árbol en medio de la sala y colgarle cuanta cosa brillosa se me atraviesa.  Y afortunadamente cuento con un ejército de enanos eunucos que me ayuda y hasta lo hace por mí, pero de cualquier manera la navidad con árbol o sin él, me sabe exactamente igual. Pero hay de ti si alguien se entera que es 2 de diciembre y no has puesto árbol ¿pues qué pasó? ¿tu papá se fue a la quiebra? ¿a la cárcel? ¿es un borracho y se lo orinó con todo y esferas?

Por eso asómense y verán todos los arboles pegados a la ventana, para que los vea el vecino y se apure a poner el suyo ¿O no?

Y aunque soy paciente con el espíritu navideño, mis gatos no lo son tanto. Sucede que aquél mismo ejército de enanos decoradores decidió poner un nacimiento. Y con ese fin instaló una majestuosa cama de musgo con todas esas hermosuras que se ponen en una escena de la natividad. Tan acogedor resultó el pesebre que mis gatos decidieron adelantar su regalo. Y se orinaron en el nacimiento. Y ahora si los pastores corrieron presurosos.

Bueno, dejando de lado las anécdotas personales… les decía, que no se amarguen; lo importante es que son días de celebración, fiesta tras fiesta para entregamos al exceso y olvidar por unos días nuestras vidas ordinarias.

Disfruten, disfruten.

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Ojos que si ven

Palitrochadas

Dicen que ojos que no ven…

Si hay algo que me sobrepasa  es hablar con alguien que no me está viendo a los ojos. Yo sé que tengo un par de distractores y turgentes senos que más de una vez han desviado la visión de mi interlocutor, ya ven… uno que es guapo, sexy y hermoso… pero no hay que ser oiga, hay que disimular tantito. Así que lo mínimo que pido cuando sostengo una conversación es contacto visual. Esto me ha traído más de un problema a lo largo de la vida y ahora recuerdo que incluso en la secundaria una maestra me reportó nomás porque no le gustaba mi mirada a la muy mentecata.

Por otro lado debo decirles que peor que no ver a los ojos, es utilizar esa técnica barata de revista para quinceañeras que dice más o menos así:
“Si no puedes mirarlo a los ojos, escoge algún otro punto en su cara y enfócate en él”

Muy mal. Nada más molesto que alguien que se te queda mirando fijamente a un grano o te cuenta las espinillas o las arrugas. Y es que es muy fácil darse cuenta hacía donde se dirigen los ojos de una persona y si está viéndote a ti o alguna otra cosa.

Por cierto, si es que han usado sus ojos en los últimos años, también se habrán dado cuenta que aún al fijar la vista en un punto, somos capaces de apreciar lo que sucede en un campo de visión de más o menos 180 grados, lo que nos permite ver cosas con el rabillo del ojo que tal vez nos sería mejor ignorar.

Y es que estaba yo platicando con un tipo en uno de esos encuentros de pasillo de los que uno debe escapar con un rápido saludo y en el cual me detuve por pura cortesía, cuando mientras me soltaba una larga perorata acerca de alguna necedad que no viene al caso recordar, con el rabillo del ojo me pareció ver algo moviéndose a la altura de su entrepierna.

No lo tomé en cuenta, al fin que poco me importa si la gente carga ratones en la bragueta o la usa como bodega para guardar sus frijoles saltarines. Pero a pesar de que mi vista estaba en la mirada de aquellos con quien hablaba, de reojo seguía notando mucha actividad en aquella zona. Entonces me di cuenta que era la mano de aquel tipo que metida en su bolsa hacía una serie de suertes con sus zonas erógenas.

Si era comezón o estímulo recreativo es cosa que poco me importa, lo que me empezó a preocupar es que una vez llegado el momento de despedirnos me extendiera la mano, esa misma con la que se jugueteaba, y pretendería entonces que le diera un apretón. Pero la idea de estrechar esa mano que segundos antes retozaba juguetona entre sus jugos me petrificó el alma y por más que traté de hacerme entender a mi misma que no había un sólo caso registrado de contagio de sífilis a través de una mano que había estado de puerca en la bolsa de un pantalón, no me convencí.

Preferí despedirme con un ademán de beso hipócrita en la mejilla sin más contacto adicional.

Ay…  lo que tiene uno que hacer por tener ojos que si ven.

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El sexo no es siempre lo que se espera

Cosas sexosas

Platicaba con una fémina el otro día y se jactaba de decir que sea cual fuere la circunstancia, el sexo era siempre bueno, que el chiste es coger.

Me alcanzó a dar comezón en las orejas.

El tener experiencias buenas y malas te sirve, por lo menos para diferenciar entre lo malo, lo bueno y lo extraordinario. Y en cuestión de sexo que mejor.

Pero la verdad sea dicha. Yo creo que hay momentos que no deben ser desperdiciados pero también creo que en definitiva, el sexo no siempre es bueno.

Para ilustrar mejor de lo que hablo les contaré de un ex(no se qué fue, porque ni a categoría de novio llegó). Le llamaremos Rafael (nombre ficticio por supuesto). En fin, me acordé tan bien del trajín que hasta me dio miedo y mejor lo saco de mi sistema antes de que se me acabe hasta la creatividad.

Les cuento:
Regresábamos a mi casa. Nunca hablábamos mucho en el trayecto, y siento que a Rafael  poco le interesaba lo que pasaba por mi mente en todo ese tiempo.

Hacía frío y él ponía la calefacción del carro, escuchábamos esa música empalagosa mezcla entre pop latino y balada populacha; ya eran dos semanas de escucharla casi todos los días. Era imposible que no comenzara a perturbarme.
Seguía eructando la comida de la tarde mientras yo fingía que no escuchaba tal sonido. Que él se tocara la entrepierna se había convertido en un acto consentido y a esas alturas ya nada me sorprendía.

Siempre hacía referencia al tráfico, como si yo tuviera una varita mágica para evitarlo, pero no la tenía y de cierta manera me daba coraje no tenerla para así poder omitir su quejumbre.
De pronto, sacaba de su chamarra de cuero café una cajetilla de cigarros, me ofrecía  uno que aceptaba. Ambos comenzábamos a inhalar toxinas pero él no lo disfrutaba tanto como yo, él sólo fumaba por fumar, por tener algo que hacer mientras me llevaba a casa.

Llegábamos a un semáforo, giraba su mirada y me observaba, yo me percataba pero no me inmutaba, nunca le daba a entender que sé que lo hacía. Y nada pasaba. Pensaba en lo que acaba de pasar: Su casa sola, su cama que rechinaba, su escritorio desordenado, las sábanas que raspaban, las ventanas sucias, la televisión que se había convertido en el medidor de tiempo más eficaz.

Su petición de tener sexo se parecía a la de un niño que desea, en su fiesta de cumpleaños, un trozo de su propio pastel. Recuerdo al mismo tiempo, como me quitaba la ropa, para él sólo era un trámite, nada más. Nunca me contemplaba, sólo se apresuraba por quedarse dentro de mí.

Su corazón poco se agitaba y sólo podía percibir por su parte su boca abierta a la agitación que le permitía su cuerpo. El no gritaba, ni jadeaba, ni se movía  a mi lado, sólo se preocupaba por primero dar y luego recibir y luego nada.

Terminábamos y se apresuraba a cubrir su sexo. Y se apresuraba porque nos fuéramos. A veces hasta me daba la sensación de que no le gustaba mirarme, cada vez que planeaba mirarlo desnudo, llegaba a sucumbir nuestro encuentro en pasión y entonces cerraba los ojos, como para no mirar lo que no quería, no observar.

Su amor era momentáneo, mientras duraba el ritual. Es por eso que yo creo que jamás le habían lastimado, o ni se había aventurado a amar.

Al llegar a mi casa, apagaba el radio y el motor de su carro. Abría la puerta mientras yo recogía mis cosas.

- Gracias por traerme Rafael.
- De nada preciosa.
- Luego nos vemos, te vas con cuidado.
- Si, nos estamos hablando ¿No?
- Sí, nos hablamos.
- Bye.
- Bye.

¿Ahora entienden de lo que les hablo?

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Los daños que…

Palitrochadas

Me decía un doñito que no se me notan tanto los años. (Benditos sus ojos que serán devorados por los gusanos).

Vaya, no se… lo que sí puedo asegurar es que yo aparento menos daños de los que tengo. Los años que.

Y es que son muchos… los daños…  y los años ya no son treinta y tantos, son treinta y muchos…

A esta edad sigo soltera y sin hijos porque el compromiso… you know… iaghh. Muchos de mis amigos están casados o por lo menos tienen un escuincle en su acervo. Creo que esto en muchos casos ha sido por su propia elección y en otros yo creo que no, ya saben: errores de cálculo, exigencias de matrimonio, enculamientos descuidados, pasiones adolescentes y un largo etcétera.

Todo a mi alrededor sigue tendencias y su curso “natural”, aunque según los modelos sociales establecidos llegas a una etapa de tu vida en la que tienes que actuar de acuerdo a tu edad.

Nel,  la madurez es más que eso, ser un adulto no tiene nada que ver con dejar de usar tenis, usar el pelo corto, aspirar a tener los bienes que te ofrece la televisión y un trabajo con horario de oficina. Creo que las cosas son más simples y no importa que se me critique porque cuando me ven preferirían verme vestida “más de acuerdo a mi edad”, con zapatos de tacón y vestido ñoño de doñita. Pero la culpa la tiene esta sociedad hastiante que te quiere a los 40 con tu primer nieto aunque no hayas terminado la primaria.

A mis 37 sigo teniendo sueños y los sigo persiguiendo, a mis 37 no sé cuándo formaré una familia, a mis 37 uso tenis rositas, a mis 37 tengo los mismos amigos que en la secundaria, a mis 37 uso playeras con jeans y a mis 37 soy una adulta que sigo tomando mis propias indecisiones y no las que me van indicando las circunstancias.

Pienso mudarme a Estados Unidos o Europa, porque me he enterado que por allá las mujeres a los 40 apenas son unas jovenzuelas y les depara una bella y prometedora vida por delante.

Yo soy una polluela.

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México despierta!

Para oídos sordos

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En México existe en este momento una sensación indescriptible…

¿Rabia? ¿Enojo? ¿Tristeza? ¿Impotencia?  … o todo eso junto.

Qué se puede sentir cuando ves que tu país está siendo empujado a un hoyo de sangre, dolor, impunidad y violación a sus derechos?

Qué se puede sentir cuando lo único que puedes hacer es marchar, y si marchas te dicen: ¡vete a trabajar huevón!

Que se puede sentir cuando caminas por la calle y ya nadie respeta, no se dice: buenos días, y te tienes que cuidar de todo y todos?

Qué se puede sentir?

NADA?

Y es que nos hemos vuelto tibios, indiferentes. Nos hacemos como que no pasa nada, como que no nos afecta, como si eso no fuera nuestra realidad.

Hoy en México se llora no solo por los estudiantes secuestrados. También por nosotros mismos, por el país en sí, que es un país tibio, adormecido, desencantado.

Se llora porque no se sabe quién seguirá en esa lista de “desaparecidos”.

Se llora porque a quienes levantan la voz los ven como unos locos, unos extraños que “sienten” empatía por los que sufren.

Se llora porque no sé sabe a dónde va el país, es más si se sabe, Y POR ESO SE LLORA MAS!

México! Despierta! Chingado! Despierta!

Que no ves que te están matando?

Que no ves que están violando a tus mujeres y robando la inocencia de tus niños?

Que no ves que los jóvenes ya no sueñan, y las madres lloran su vientre?

Que te pasa??? Dónde están esos guerreros?

Hoy se llora por ti, por mí, por los hijos de todos, por los estudiantes y porque el futuro, si no hacemos algo, esta de la chingada.

Mexico, Despierta!

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Para quienes les interesa unirse al movimiento, me encontré ésta página: Congreso Nacional Ciudadano

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Donde quedo sólo yo

Música

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En estos días a todo le hago

Palitrochadas

Bueno, casi a todo…

En vista de la mermada oportunidad de obtener un empleo que se acomode a mis polendas y que me permita llevar la vida de lujo y derroche a la que estoy acostumbrada, he estado trabajando de lo que salga; ya sólo me falta entrarle a eso de la putería, lástima que mis bien arraigados esquemas morales me lo impidan, si no…

Cuando el teléfono de casa suena estos días, todo y nada se puede esperar. En estos tiempos posmodernos en que trae uno colgado el celular en las orejas todo el tiempo, generalmente las llamadas que llegan al aparato fijo provienen de un cobrador, un encuestador, un recolector de referencias ajenas, un prosélito de algún partido político en campaña o un promotor que tomó sin permiso nuestro número de los archivos del sótano de Slim.

Así las cosas. Entonces, mucho me sorprendió la amabilidad de cierta interlocutora proveniente de una empresa con la que no recuerdo haber tenido tratos, pero que al parecer me tenía bien ubicada como la única capaz de ayudarle a salir de un gordo problema que le quitaba el sueño.

Cuando desconocí el nombre de quien me llamaba para hacerme un requerimiento muy especial, de momento pensé si no sería de nuevo aquella distinguida dama que, hará más de un quinteto de años, me retribuyó generosamente por confeccionarle unos bolos para el cumpleaños de su chiquillo; o aquella otra que, por recomendación de una vecina, me solicitó elaborarle unas quinceañeras invitaciones para su amada ahijada; o la que se empecinó en que le hiciera un retrato de su bigotón y ya finado padre, aun a sabiendas que lo que yo hago no son retratos exactamente sino monitos para ilustrar cuentos.

“Soy fulanita de tal, ¿te acuerdas de mí?”, me dijo como si mi disco mental fuera de ocho gigas y pudiera yo recuperar el dato en dos segundos. “Fulanita de tal”, me repitió con la certeza de que rescataría su nombre entre mis empolvados ayeres, para reconocer que se trataba de la empleada con la que alguna vez tuve contacto, pero nunca memoricé su apelativo, encargada de atender un negocio de marcos al que acudía a enmarcar mis creaciones artísticas y diseñiles hace ya mucho rato, pero del que difícilmente guardo referencias.

Después de comunicarme el gozo que le provocaba haber dado conmigo, al llevar a cabo extenuantes pesquisas, procedió a confesarme que su destino laboral y personal estaba en mis manos y que ambos se irían al traste sin mi salvadora intervención. Mi estupor me llevó al punto de hacer desfilar por mi mente diseños de invitaciones, logos, photoshopazos milagrosos, pozoles, centros de mesa, servicios de guardería de última hora, raites por cobrar al aeropuerto, clases de inglés y todo cuanto habré hecho por encargo más de alguna vez, pero casi se convirtió en colapso cuando la atribulada muchacha me solicitó armarle un rompecabezas, a cambio de una sustancial remuneración.

No pude evitar la carcajada al caer a la cuenta de que no estaba siendo yo requerida por alguna de mis múltiples virtudes, sino por el más legendario de mis antiguos logros ante desconocidos  y en aquella época vicios, no tenía idea de que éste hubiera trascendido al punto de distinguirme como una armadora profesional, por un establecimiento en el que alguna vez llevé a enmarcar unos rompecabezas de más de 1000 piezas. Por alguna exótica razón que aún no discierno cabalmente, pero que me ha llevado por el mundo cargando cuadros que ya no atino ni dónde colgar, le agarré en mi época universitaria una afición compulsiva al armado de acertijos gráficos, como el que un cliente atolondrado le llevó a enmarcar, pero no discurrió pegarlo como lo dictan los cánones.

Así que, cuando un desatinado movimiento de la empleada hizo volar por los aires la tabla sobre la que reposaba la ordenada pedacera, el problema se le volvió mayúsculo, porque el propietario, tan inexperto como intolerante, le exigió el expedito armado de su obra, aunque el mérito personal de haberlo concluido por propia mano quedara en entredicho.

Y bueno, ahí  me tienen, que yo cobro por hora y soy muy profesional. Avispe tiempo, ojos y paciencia por una semana y bueno… al menos tengo ahora por un momento esa minifelicidad adultísima de tener quietecitas y amedrentadas mis deudas gracias a tan  peculiar ingreso, al menos por este mes.

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De bodas necesarias y mareos emocionales

Palitrochadas

Me estoy quedando sin cómplices de parranda.

Una de mis cómplices de parranda se casó el sábado. Maldita desertora.

Me estaba contando un día antes que su papá le insistía que se esperara un par de años para casarse, que cuál era la prisa. La razón de ella es que si no se casaba ahorita, ya no sería con él, y bueno, si duras 7 años con alguien llega un punto en que o das el siguiente paso o mejor ya te dejas ir. Mi teoría es que se casaron para no perderse.

En fin, dentro de la monserga existencial que traigo estos días me sirvió de distracción y me la pasé increíble. El único fracaso fue que ya en la madrugada estaba tomando aire fresco en la terraza del salón de eventos para bajarme los alcoholes ingeridos, casi amaneciendo y con el hermano de la ahora esposa, a quien llevan como 6 meses queriéndome endilgar (el viejo truco de “es que todo soltero y guapo él, y toda soltera y linda tú, ambos harían una linda pareja), ya estábamos en la parte en la que le hizo un cumplido a mis tilicas piernas (nunca nadie le ha hecho un cumplido a mis piernitas de pollo, cabe mencionar… será que los efectos de ir a correr diario están haciendo efectos?, ajúa)Pero neta. No estaba de ánimo y decidí ignorarlo hasta que se retiró.

Al otro día empezó con su drama de que se había ido porque otro amigo estaba increíblemente ebrio, y que yo no lo pelaba, a lo que yo aclaré que no me podía pedir que le hiciera caso si estaba medio ebria.

Al principio pensaba que yo no llamaba su atención de ninguna manera, pero después de ser animada por mi amiga, y de un par de salidas en bola en las que él me mostró interés, llegué a la conclusión de que le gusto pero me tiene una especie de extraño respeto que no entiendo y me pone de malas, ja.

He estado un poco ausente porque temo haber adquirido uno de esos vicios con nombre propio que tanto me cuesta dejar llegado el momento. Por primera vez siento que llegue tarde a la vida de una persona. No había tenido esa sensación nunca, y me siento como entre estúpida y nauseabunda.

La verdad sea dicha, nunca había conocido a alguien como él. En serio. Me siento tonta diciéndolo pero es cierto. Me dan mareos emocionales. Me tiene embobada a un nivel enfermo, y si a eso le añadimos que este sí está más allá de cualquier límite me provoca unas ganas esquizoides de aventarme al fondo del barranco, estoy parada en la orilla y saboreo los moretones por todo mi cuerpo, como si mi suicida emocional trajera un orgasmo atorado en la columna.

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De ahí los estereotipos

Palitrochadas

En algún momento, todos, sin excepción de ningún tipo, descubrimos la soledad. Sabemos perfecto de qué se trata aunque sea la primera vez que la conocemos. Nos familiarizamos con su sentir, su sabor y con la forma que tiene. Y una vez reconocido el sentimiento, descubrimos que siempre estaremos solos. Solos porque las peores cosas y las mejores de tu vida las enfrentaras solo. Solos porque hasta tu sombra te abandona en la oscuridad. Una vez que aceptemos eso, lo demás se hace menos cardiaco.

De esa misma soledad es de donde nacen todos los estereotipos. El atormentado, la que se siente loca, el incomprendido, la malquerida, el que siente que el mundo no lo merece, el bipolar, el borracho, el vagabundo, el hippie, los depresivos, etcétera. De ahí mismo nace también la risa cuando uno se atreve a mirarse desde afuera.

No digo esto desde un punto de vista emo ni fatalista (creo), lo digo desde un punto realista. Uno puede tener muchos amigos, una pareja y una familia, pero al final son pocos quienes realmente pondrían tu vida antes que la suya. Y entonces uno entiende y agradece lo bonito que es el egoísmo; de lo contrario, uno tampoco tendría tiempo para disfrutar la vida propia por culpa de querer demasiado a los demás.

Sin embargo, es lo que hacemos con este sentir lo que nos hace diferentes. Porque hay dos opciones: asimilarlo y seguir adelante, o negarlo y rodearnos de gente inservible todo el tiempo. Por desgracia, la segunda opción sigue siendo la más popular y nadie parece cambiar su decisión pronto.

Ojalá pronto la gente deje de temerle tanto a la soledad y aprenda a reírse y a disfrutar sin compañía. Y sobre todo, que aprenda a salir a flote sin necesidad de nadie más.

BenditoseaDios que todos tenemos dos vidas: la que compartimos y la que no le contamos a nadie.

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El amor se racionaliza y se gestiona, por el bien de cada quién

Para oídos sordos

Y uno que tan fácil se hace pelotas…

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vía: Walter Riso

 

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